Hay una silla en el dormitorio que lleva ocho meses de paso. La apartamos para abrir unas cajas durante la mudanza y acabó junto al armario, donde estorba lo justo para que haya que esquivarla, pero no tanto como para buscarle otro sitio. Ya no la movemos. Dejamos la ropa encima.
La pusimos allí sin intención y allí se ha quedado, pendiente de una decisión que nadie tiene prisa por tomar. La silla ocupa una tercera categoría, muy concurrida, entre las cosas que elegimos y las que rechazamos: las que aceptamos mientras pensamos qué hacer con ellas.
Llamamos «provisional» a esa espera. Una mesa provisional puede acompañarnos quince años; una contraseña temporal, media carrera profesional. La palabra no mide cuánto durarán. Solo aplaza el momento de decidir si queremos vivir con ellas.
Entretanto, el cuerpo aprende. Para pasar junto a la silla recogemos un poco la pierna. Sabemos qué libros sostienen la balda coja y en qué cajón se atasca el cubierto largo. Son gestos diminutos, pero tienen una consecuencia: lo incómodo deja de interrumpirnos. El apaño no mejora; mejoramos nosotros en soportarlo.
De ahí su resistencia. Cada día, la mala solución cobra una cantidad pequeña: un rodeo, una búsqueda, un tirón al cajón. Sustituirla exige pagar de golpe con tiempo, dinero y una decisión. Preferimos las cuotas. Apenas se notan, aunque al cabo de los años hayamos abonado varias veces el precio del arreglo.
Además contamos con el sábado. No uno concreto, sino ese sábado amplio y despejado en el que ordenaremos las fotografías, aprenderemos a usar bien el programa de turno y resolveremos el misterio de los cables. El sábado real trae una compra, dos recados y ganas de sentarse. El otro conserva intacta su reputación porque nunca llega.
No todo aplazamiento es cobardía. A veces conviene convivir con un problema antes de resolverlo. Quien compra todos los muebles la primera semana descubre demasiado tarde dónde cae el sol, por dónde se pasa y qué habitación no utiliza nadie. Una temporada de provisionalidad puede ahorrarnos una solución impecable para un problema mal entendido.
La diferencia está en si seguimos mirando. Una caja sin abrir puede ser una decisión prudente durante un mes; al tercer año es un trastero con tapa. Una bombilla desnuda quizá no moleste. Perfecto: entonces ya no está pendiente. Lo engañoso es seguir llamándola provisional para no admitir que la hemos elegido.
Esa pregunta basta para casi todo: si hoy tuviéramos que empezar de nuevo, ¿dejaríamos cada cosa donde está? Si la respuesta es sí, asunto resuelto. Si es no, quizá no haga falta esperar a la reforma, al mueble definitivo ni al sábado legendario. A veces basta con mover una silla.