Entra usted en el ascensor, pulsa su planta y, acto seguido, pulsa el botón de cerrar la puerta. Lo pulsa aunque la puerta ya se estuviera cerrando. Si hay alguien dentro, lo pulsa con cierto disimulo, como quien no quiere reconocer que tiene prisa. Y la puerta se cierra, claro, porque las puertas de los ascensores se cierran solas. En muchísimos edificios ese botón lleva años desconectado: la normativa de accesibilidad obliga a dejar un margen para que entre quien va despacio, y el margen no se negocia con el dedo de nadie.
No es un caso aislado. Buena parte de los botones de los pasos de peatones de las grandes ciudades tampoco decide nada: el semáforo va a su ciclo y el pulsador quedó ahí, huérfano, cuando se centralizó el tráfico. Se les llama botones placebo y hay más de los que uno sospecha. Encima funcionan: la gente los pulsa, se queda tranquila y cruza igual de tarde que antes, pero de mejor humor.
Esperar es peor que andar
La explicación no está en la ingeniería, sino en la impaciencia. Lo que nos molesta de una espera casi nunca es su duración; es la sensación de no tener nada que hacer dentro de ella. El botón convierte los quince segundos muertos en una gestión. Uno ha intervenido, ha hecho su parte, y a partir de ahí el tiempo corre de otra manera.
El caso que mejor lo resume ocurrió en un aeropuerto de Houston, donde los pasajeros se quejaban sin parar del tiempo que tardaban las maletas. Contrataron más mozos, la espera bajó a unos ocho minutos y las quejas siguieron. Entonces alejaron las puertas de llegada de la cinta, de modo que hubiera que caminar seis o siete minutos hasta ella. La maleta no salía antes; simplemente el viajero llegaba después. Las quejas casi desaparecieron. No habían resuelto la espera: la habían rellenado.
Máquinas que fingen esforzarse
Con los sonidos pasa lo mismo, pero al revés. Un coche eléctrico es silencioso y por eso la ley le obliga a fabricar un ruido a baja velocidad; hay ingenieros que se ganan la vida componiendo ese zumbido para que nadie se lo lleve por delante. La cámara del móvil no tiene obturador que suene, así que se le añadió un clic. El teclado no hace ruido, así que se le puso uno. Vivimos rodeados de avisos que no son la consecuencia de nada: son mensajes redactados para nosotros con forma de sonido.
Y ahí es donde conviene separar dos cosas que se parecen mucho. El zumbido del coche eléctrico protege a un peatón que no lo ve venir; miente sobre el motor para decir la verdad sobre el peligro. El botón muerto del ascensor, en cambio, no informa de nada: administra nuestros nervios. Se le puede perdonar mientras el edificio funcione. El día que el ascensor se averíe de verdad, ese mismo botón nos mantendrá contentos ante una puerta que no piensa abrirse.
La versión actual de todo esto vive en la pantalla. Hay páginas de seguros y de vuelos que ya tienen el resultado calculado y aun así muestran un rato de «consultando doscientas compañías», porque el cliente se fía más de lo que parece costar trabajo. Hay respuestas de chat que salen letra a letra cuando podrían salir de golpe. La barra de progreso, de hecho, casi nunca mide nada: se mueve porque una barra quieta parece rota. Se nos ha llenado la vida de esfuerzo escenificado.
No pido máquinas mudas, que sería una tontería. Pido, si acaso, que cuando nos mientan lo hagan como el coche eléctrico y no como el ascensor. Y me da que existe una alternativa mejor de sobra conocida y poco imitada: el panel de la parada del autobús. No ofrece ningún botón que pulsar ni ninguna animación tranquilizadora. Dice «7 minutos». Y uno se sienta, saca el móvil y espera sin protestar, porque resulta que la espera se lleva bastante bien cuando alguien se molesta en decirnos cuánto dura.