Hay objetos que uno cree saber utilizar por el mero hecho de reconocerlos. Una cámara, una cafetera, un programa nuevo: todos parecen variaciones de algo conocido. Así que se sacan de la caja, se aparta el manual con cierta superioridad y comienza una investigación a base de botones.
Esta forma de aprendizaje tiene prestigio. Descubrir las cosas por uno mismo suena activo e inteligente; leer las instrucciones suena a no haberse enterado. Yo he defendido esa diferencia mientras pulsaba tres veces el mismo botón y culpaba al aparato de no adivinar mis intenciones.
La experiencia de otro
Un buen manual es conocimiento comprimido. Alguien ya ha cometido los errores previsibles, ha averiguado el orden de las operaciones y lo ha dejado escrito para que el siguiente no tenga que empezar desde cero. Ignorarlo no siempre es curiosidad: a menudo es preferir una tarde de tropiezos a cinco minutos de humildad.
Eso sí, hay instrucciones que parecen redactadas por el propio electrodoméstico después de una noche complicada. El género tiene mala fama con motivo. Pero incluso un manual mediocre suele revelar una función que no habríamos encontrado o, como mínimo, el nombre exacto de lo que estamos intentando hacer. Nombrar bien un problema ya resuelve una parte.
Leer antes de necesitar
El mejor momento para abrir las instrucciones es antes de que algo falle. Cuando el café se derrama o el archivo desaparece, uno ya no lee: rastrea la página en busca de una absolución inmediata. En cambio, diez minutos al principio dibujan el mapa del aparato y hacen que las dudas posteriores tengan dónde colocarse.
Últimamente intento leer al menos el comienzo. No me ha vuelto más obediente, pero sí un poco menos torpe. También me ha hecho sospechar que muchas cosas que llamamos intuitivas son simplemente cosas cuyas instrucciones aprendimos hace tanto que ya no recordamos haberlas leído.