Durante años traté los libros como contratos. Si había leído la primera página, quedaba obligado a llegar hasta la última, aunque entre medias hubiera cuatrocientas páginas que no me interesaban lo más mínimo. La disciplina consistía en no abandonar. Lo que no llegué a preguntarme es para qué servía aquella disciplina.
La norma tenía algo de superstición. Cerrar un libro a la mitad parecía una derrota moral, una prueba de pereza o de falta de entendimiento. Así que seguía, cada vez más despacio, y convertía una mala elección de dos minutos en una obligación de dos semanas.
El coste ya pagado
Hay libros que se ponen buenos en la página cien, claro. También hay conversaciones que mejoran después de una hora insoportable, pero no por eso nos quedamos en todas. La dificultad está en distinguir la resistencia que merece la pena de la mera terquedad. No tengo una regla infalible, aunque sí una pregunta que ayuda: si este libro apareciera hoy en mi mesa abierto justo por esta página, ¿seguiría leyéndolo?
Si la respuesta es no, las páginas anteriores no deberían decidir por mí. Ya están leídas y no van a volver. Continuar solo para justificar el tiempo gastado es una manera muy eficaz de gastar todavía más. Lo sé de sobra y, aun así, me sigue costando cerrar el libro.
Abandonar bien
Dejar un libro no exige condenarlo. A veces llega en mal momento; otras, sencillamente, no era para uno. Procuro anotar por qué lo dejo y en qué página. Ese gesto pequeño convierte el abandono en una decisión, no en un despiste, y deja abierta la posibilidad de volver sin fingir que nunca ocurrió.
Desde que me permito no terminar, leo más y con menos culpa. El montón de pendientes no se ha hecho más pequeño, pero por fin ha dejado de parecer una lista de deberes. Una biblioteca sirve para ampliar las posibilidades, no para fabricar obligaciones.