Tengo cientos de artículos guardados para leer después. Algunos explicaban una noticia que ya no es noticia; otros recomendaban una herramienta que quizá ni siquiera exista. Todos fueron importantes durante los tres segundos que tardé en pulsar el botón y condenarlos a una espera indefinida.
«Leer después» parece una decisión prudente. Ahora no puedo, pero esto merece atención: lo aparto y volveré cuando tenga tiempo. El gesto conserva la buena intención y elimina la molestia de cumplirla en el presente. Es difícil imaginar una función mejor adaptada a nuestras debilidades.
Una deuda sin acreedor
La cola crece porque guardar no cuesta nada. Tampoco hay nadie al otro lado esperando que leamos. Es una deuda privada, sin fecha ni consecuencias, y por eso sobrevive a todas las limpiezas. De vez en cuando abro la lista, veo sus cuatrocientas promesas y la cierro con el cansancio de quien ya ha trabajado.
Lo curioso es que no quiero leer la mayoría de esos textos. Quise querer leerlos. El matiz importa. Guardarlos fue una forma de votar por la persona curiosa y aplicada que me gustaría ser, aunque esa persona nunca aparezca a hacerse cargo del archivo.
Dejar que caduque
Ahora guardo menos y borro sin ceremonia. Si un artículo lleva un mes esperando y todavía no he encontrado el momento, igual el momento era una ficción. Las pocas piezas que de verdad importan suelen regresar: alguien las menciona, una pregunta las vuelve necesarias o simplemente no consigo olvidarlas.
No todo lo interesante tiene que ser leído por mí. Parece una obviedad, pero internet trabaja a diario para ocultarla. Renunciar a un enlace no empobrece la vida; a veces solo despeja el cajón para que lo próximo que guardemos tenga una posibilidad real de salir.