Hay una pregunta que me incomoda cada vez más: ¿cuántas de mis opiniones he elegido yo y cuántas se me han contagiado sin más? Casi todas llegaron furtivas, fingiendo ser inofensivas, a través de una conversación olvidada o un comentario en la red, y ninguna pidió permiso para instalarse.
Lo llamativo es la asimetría. Formar una opinión sale gratis y encima se premia: el que contesta rápido parece informado y el que duda parece despistado. Deshacerla, en cambio, obliga a reconocer en voz alta que uno estaba equivocado, y eso no se lo premia nadie. Con esos incentivos, lo raro no es que la gente se aferre a sus ideas; lo raro es que alguna vez las suelte.
El coste de contestar rápido
Me da que el daño no está en equivocarse, sino en el momento en que la opinión deja de ser algo que se tiene y pasa a ser lo que se es. A partir de ahí, cualquier dato en contra ya no discute con la idea: discute conmigo. Y uno defiende bastante peor las ideas que ha confundido con su propia biografía.
Lo honrado sería decir «no lo sé» muchas más veces. Suena a falsa modestia, pero casi nunca lo es. En la mayoría de los asuntos sobre los que opino con soltura no he leído nada serio, no conozco los datos y no sabría explicar el argumento contrario sin caricaturizarlo. Esto último me parece la prueba más útil de todas: si no soy capaz de defender la postura opuesta de manera que su defensor la reconozca como suya, entonces no tengo una opinión, tengo una preferencia.
Escribir despacio
Escribir ayuda porque es lento y deja rastro. Obliga a poner el argumento entero, con las costuras a la vista. Muchas de las cosas que creía pensar no sobreviven al intento de escribirlas en tres párrafos seguidos y eso, aunque escueza, es justo el servicio que le pedía a este cuaderno.
Así que aquí no va a haber muchas conclusiones. Habrá cosas que creo hoy, fechadas, para poder repasarlas dentro de un año y ver cuántas siguen en pie.