Tengo libros que parecen intervenidos por un funcionario entusiasta: párrafos enteros en amarillo, exclamaciones en los márgenes, esquinas dobladas. Durante años di por supuesto que eso era leer bien. Hasta que un día le quise explicar uno de esos libros a un amigo y me di cuenta de que recordaba con toda precisión el color del subrayado y, del argumento, más bien poco.
El problema del subrayado es que se parece muchísimo a pensar. Exige atención, deja una marca visible y produce la agradable sensación de haber hecho algo de provecho. Pero la mano va bastante más rápida que la cabeza: uno marca la frase que suena bien, no la que ha entendido.
Reconocer no es recordar
Cuando releo un pasaje subrayado lo reconozco al instante, y ese reconocimiento se disfraza de memoria. Es una trampa vieja y de sobra conocida: la familiaridad convence sin informar. La prueba honrada no consiste en abrir el libro y asentir, sino en cerrarlo e intentar reconstruir la idea con palabras propias. Ahí se ve lo que de verdad se ha quedado dentro.
Desde hace unos meses hago una cosa bastante más incómoda y bastante más útil: al terminar un capítulo escribo tres o cuatro frases sin mirar el texto. Salen torpes y a veces directamente equivocadas, pero cuando están equivocadas al menos me entero, que ya es más de lo que conseguía a base de fluorescente.
En defensa parcial del rotulador
No he dejado de subrayar del todo, eso sí. Sigue valiendo para lo que valió siempre: volver a encontrar un pasaje concreto meses después. Como sistema de búsqueda es estupendo. Como sistema de comprensión era un espejismo la mar de cómodo, y confundir las dos cosas me ha costado unos cuantos libros que ahora me toca releer.